Volvimos a abrir el libro por la página donde lo dejamos
Elenita, Lola y una noche en Córdoba donde nuestros hijos también empezaron a encontrarse
Hay personas con las que un día te montas en el mismo tren de la vida.
Durante un tiempo compartís vagón, conversaciones, sueños y juventud.
Después llega una estación y cada uno sigue su camino.
Uno forma una familia.
Otro se marcha a otro país.
Los años pasan.
Y parece que aquel tren quedó muy lejos.
Hasta que un día vuelves a escuchar una voz conocida y descubres que, por alguna extraña casualidad de la vida, os habéis vuelto a encontrar en la misma estación.
Elenita y Lola pertenecen a una de esas etapas de mi vida.
Las conocí siendo joven, durante unos años relacionados con una academia de Córdoba. De aquella época prefiero quedarme con lo verdaderamente importante: las personas formidables que conocí y algunas amistades que, muchos años después, siguen formando parte de mi vida.
La vida hizo después lo que suele hacer.
Nos llevó por sitios diferentes.
Yo terminé en Japón. Llegaron los trabajos, las familias, las responsabilidades, los hijos y todos esos pequeños y grandes acontecimientos que van llenando los años sin que apenas nos demos cuenta.
Pero hay personas que, aunque dejen de estar en nuestro día a día, nunca desaparecen del todo.
Elenita y Lola son de esas personas.
— ◆ —
Otra vez en la misma estación
Durante este viaje a España recibí sus llamadas y conseguimos organizar una noche para encontrarnos en Córdoba.
Esta vez ya no éramos solamente aquellos jóvenes de hace tantos años.
Estaban sus maridos.
Estaban sus hijos.
Estaba Teo.
Y estaba yo.
Habíamos quedado simplemente para tomar algo.
Además, yo sabía que la noche tenía que ser corta. A la mañana siguiente debía levantarme muy temprano porque tenía que salir hacia Málaga con mi madre y Teo, aproximadamente a las ocho.
La teoría era perfecta.
Nos vemos, hablamos un rato y nos vamos temprano.
Pero hay noches que no entienden demasiado de teorías.
Empezaron las conversaciones, los recuerdos, las risas, las preguntas sobre todo lo vivido durante estos años.
Y el reloj fue avanzando sin pedir permiso.
— ◆ —
Hay miradas que no cambian
Mientras hablábamos me ocurrió algo curioso.
Miraba a Elenita, a Lola y a sus maridos y sentía que, detrás de todo lo que los años habían añadido a nuestras vidas, seguía reconociendo algo de aquellos jóvenes que había conocido.
Los años cambian nuestros cuerpos.
Cambian nuestros trabajos.
Cambian nuestras responsabilidades.
Nos hacen padres, madres, profesionales, personas con preocupaciones que antes ni siquiera podíamos imaginar.
Pero hay miradas que siguen reconociéndose exactamente igual.
Había en sus ojos una sinceridad, un brillo, algo difícil de explicar que me devolvía durante unos segundos a aquella época.
No porque nada haya cambiado.
Ha cambiado muchísimo.
Precisamente por eso resultaba tan bonito descubrir que algunas cosas seguían allí.
— ◆ —
Y entonces aparecieron nuestros hijos
Pero lo que más me sorprendió aquella noche ocurrió a unos metros de nosotros.
Los hijos quisieron sentarse con Teo.
Mi primera reacción fue bastante lógica:
¿Pero cómo van a hablar?
Teo apenas habla español y ellos no hablan japonés.
Yo veía un problema bastante evidente.
Ellos, por suerte, no.
Se sentaron juntos.
Empezaron a intentarlo.
Una palabra por aquí.
Un gesto por allá.
Una expresión.
Una risa.
Y de alguna manera comenzaron a entenderse.
No sé exactamente de qué hablaron durante todo ese tiempo.
Y creo que tampoco importa demasiado.
Porque lo bonito era precisamente ver que tenían ganas de estar juntos.
El idioma terminó siendo lo menos importante.
Durante este viaje estoy descubriendo varias veces algo que parece muy sencillo, pero que quizá los adultos complicamos demasiado:
el cariño, la curiosidad y las ganas de acercarse a otra persona muchas veces no necesitan traducción.
— ◆ —
Una historia nueva empezaba a nuestro lado
Hubo un momento en que miré nuestra mesa y después miré la de ellos.
Y entendí lo extraordinario de aquella escena.
Mientras nosotros recordábamos aquellas páginas que habíamos escrito muchos años atrás, a pocos metros nuestros hijos empezaban a escribir las primeras líneas de las suyas.
Aquello me emocionó especialmente.
Quién nos iba a decir cuando éramos jóvenes que algún día estaríamos juntos hasta las tres de la madrugada viendo a nuestros hijos reírse e intentar comprenderse entre español y japonés.
Nosotros habíamos pasado años separados.
Habíamos construido vidas diferentes.
Y, sin embargo, nuestras historias habían vuelto a cruzarse.
Pero esta vez había algo nuevo.
Ya no éramos solamente nosotros.
Había aparecido una segunda generación alrededor de aquella amistad.
Quizá para ellos aquella noche no signifique todavía nada especial.
Quizá dentro de muchos años ni siquiera recuerden todos los detalles.
O quizá sí.
Quién sabe.
Pero aquella noche comenzaron a conocerse.
Y eso ya forma parte de nuestra historia.
— ◆ —
Nadie quería cerrar el libro
El reloj siguió avanzando.
Las doce.
La una.
Las dos.
Y nosotros seguíamos hablando.
En algún momento alguien recordaba que al día siguiente había que madrugar.
Pero después aparecía otra conversación.
Otro recuerdo.
Otra risa.
Otra cosa que había quedado tantos años sin contar.
Hasta que aproximadamente a las tres de la madrugada llegó finalmente la despedida.
Teníamos que levantarnos pocas horas después, pero parecía que nadie quería ser quien cerrara el libro otra vez.
Y quizá por eso aquella noche terminó significando tanto.
Porque cuando has pasado muchos años lejos de determinadas personas empiezas a comprender que el tiempo compartido tiene otro valor.
No sabes cuándo volveréis a coincidir.
No sabes en qué estación.
Ni cuántas paradas podréis recorrer juntos la próxima vez.
Solo sabes que, por unas horas, habéis vuelto a viajar en el mismo vagón.

Los amo.
Son mis amigos.
Y ayer comprendí una vez más que el tiempo no siempre destruye las relaciones.
Algunas amistades funcionan como un libro.
Podemos cerrarlo durante años.
Puede llenarse de polvo mientras cada uno escribe otras historias en otros lugares.
Pero cuando volvemos a encontrarnos, basta abrirlo.
Y la historia continúa exactamente en la página donde la dejamos.
Esta vez, además, mientras nosotros retomábamos nuestra historia, nuestros hijos quizá estaban empezando la suya.
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AlitaDePollo

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