Entre bastidores · Capítulo 3: Aprender a aprender
Entre bastidores
En más de 25 años no solo han cambiado mis alumnas
— Benito García —
A veces veo entrar por la puerta de la academia a una alumna que llegó prácticamente sin saber flamenco.
Han pasado más de veinticinco años.
Ahora veo cruzar esa misma puerta y ya no estoy viendo a aquella principiante.
Estoy viendo a una gran bailaora.
Hay algo en ese momento que me produce un cariño muy difícil de expresar con palabras.
Cuando observo hoy su baile, reconozco cosas que durante muchos años intenté transmitir.
Sentimiento.
Expresión.
Verdad.
Nunca he querido que una alumna se convierta en una copia de mí.
No se trata de que haga exactamente lo mismo.
Lo importante es que aquello que he intentado transmitir termine apareciendo dentro de su propio baile.
Pero durante esos más de veinticinco años no ha cambiado solamente ella.
También he cambiado yo.
Y ha cambiado muchísimo mi manera de enseñar.
— ◆ —
Enseñar flamenco en Japón
Cuando empecé a enseñar, mi manera de hacerlo estaba mucho más cerca de lo que yo pensaba que podía necesitar una alumna en España.
Más pasos.
Más técnica.
Más conocimientos relacionados con el escenario.
Todo eso sigue siendo importante.
Pero después de muchos años viviendo y enseñando en Japón comprendí que aquí necesitaba otra aproximación.
Mis alumnas japonesas han crecido dentro de una cultura muy alejada de la cultura andaluza.
Además, muchas de ellas no quieren convertirse en profesionales.
E incluso cuando alguien sí quiere dedicarse profesionalmente al flamenco, esa distancia cultural continúa existiendo.
Con el tiempo comprendí que aumentar la cantidad de técnica no hacía desaparecer automáticamente esa distancia.
Si quiero acercar más rápidamente a una alumna al sentimiento del baile flamenco, también tengo que acercarla a la cultura desde la que nace.
Y ahí empezó a cambiar mi trabajo como maestro.
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Aprender a aprender
Hay una idea que para mí se ha vuelto fundamental:
aprender a aprender el flamenco.
Muchas veces explico algo de la manera que utilizo habitualmente y una alumna no lo comprende.
Cuando ocurre, no quiero llegar simplemente a la conclusión de que ella no puede hacerlo.
Busco otro camino.
Otra explicación.
Otra imagen.
Otra forma de hacerle sentir aquello que intento transmitir.
Hasta que encontramos una entrada que le permita comprender.
Pero para mí el trabajo no termina cuando consigue hacer ese ejercicio.
Quiero que ella misma se dé cuenta de cómo ha conseguido aprenderlo.
Porque si comprende ese proceso, quizá pueda utilizarlo después para resolver otras dificultades.
Después de tantos años aquí he comprendido que no aprendemos todos de la misma manera.
Y también que el flamenco tiene formas de transmitirse que no pueden reducirse simplemente a copiar una figura.
Hay que aprender desde dónde mirar.
En qué fijarse.
Cómo observar.
Qué escuchar.
Cómo acercarse al flamenco no solo como técnica, sino como arte y como cultura.
Eso también forma parte de enseñar.
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Las alumnas también construyen al maestro
Si me preguntan qué me han enseñado mis alumnas japonesas, mi respuesta es muy sencilla:
todo.
Para mí un maestro no puede limitarse a bailar delante de alguien y decir:
«Cópialo».
Tiene que seguir progresando para encontrar maneras diferentes de llegar a personas diferentes.
Tiene que poder enseñar a una persona con una facilidad extraordinaria.
Pero también tiene que poder buscar un camino para alguien que no posee esa facilidad natural.
Cada alumna me ha obligado a pensar.
A cambiar palabras.
A investigar.
A buscar nuevas maneras de explicar.
Por eso siento que mis alumnas me han enseñado prácticamente todo lo que hoy sé sobre enseñar.
Y esa experiencia me ha dado mucha confianza.
Pero no es la confianza de pensar:
«Ya sé. Ya soy maestro.»
Es otra cosa.
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La duda de todos los días
Me preguntaron si alguna vez había dudado de mí mismo como maestro.
Mi respuesta fue:
«Eso me pasa todos los días.»
Cuando una alumna no comprende algo, mi primera reacción es preguntarme qué puedo cambiar yo.
¿Cómo puedo explicarlo de otra manera?
¿Qué no estoy consiguiendo transmitir?
¿Hay otra manera de hacerlo visible?
Busco.
Investigo.
Pruebo.
Por eso mi confianza actual como maestro no nace de haber eliminado la duda.
La duda sigue ahí.
La confianza y la duda conviven.
Y muchas veces es precisamente esa duda la que me obliga a seguir buscando mejores maneras de enseñar.
— ◆ —
Una de las razones por las que sigo en Japón
Cuando miro los resultados después de tantos años, pienso que también son una de las razones por las que continúo aquí.
Si durante todo este tiempo no hubiera visto esos resultados, probablemente ya no seguiría en Japón.
Yo he ayudado a formar a mis alumnas.
Pero ellas también me han obligado a evolucionar como maestro.
Ellas han aprendido flamenco.
Yo he aprendido a enseñarlo.
Y esa relación ha ido creciendo durante décadas.
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Antes de copiar, mirar
Si hoy llegara una alumna que no sabe absolutamente nada de flamenco, creo que le diría algo que quizá no le habría dicho de la misma manera hace veinticinco años:
Antes de intentar aprender la coreografía, observa al maestro.
No mires solamente los pies.
No mires solamente los brazos.
Mira el rostro.
Mira el gesto.
Mira la expresión.
Intenta percibir qué sentimiento acompaña al movimiento.
Cada movimiento lleva consigo una intención y una expresión.
Cuando una persona todavía está luchando por aprender físicamente un paso, es muy difícil pedirle que reproduzca al mismo tiempo todo lo que ese paso expresa.
Por eso primero hay que mirar.
Mirar mucho.
Porque la expresión no es algo que se coloca encima de la coreografía cuando ya sabemos los pasos.
Forma parte del movimiento desde el principio.
Y cuando hoy veo atravesar la puerta de la academia a aquella alumna que llegó hace más de veinticinco años, comprendo que no estoy viendo solamente su evolución como bailaora.
También estoy viendo más de veinticinco años de mi propia evolución como maestro.
Yo he intentado enseñarle flamenco.
Y, durante todo ese tiempo, también he estado aprendiendo.
— Benito García —

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