Cuando el silencio también baila
Relato histórico. La mención al próximo proyecto internacional corresponde al momento de la escritura.
Hoy tocó entrar en otro mundo.
Antes del próximo proyecto internacional, llegó la oportunidad de asistir a una clase de noh impartida por el maestro Reijiro Tsumura, guardián de una tradición que parece hecha de tiempo, silencio y verdad. El tema de la clase fue Hagoromo, esa obra en la que una figura celestial regresa a la luna. Solo con escuchar ese argumento, ya se sentía que no iba a ser una clase cualquiera.
Primero llegó la palabra. La historia del noh, su raíz, sus escuelas, su forma de entender la escena. Y después llegó la voz.
En la parte de utai, el canto del noh, no solo había que seguir una melodía. Había que escuchar el aire entre los sonidos. Había que sentir cómo la altura, la duración y el pulso podían dibujar un paisaje entero. En este caso, el instante en que la doncella celeste vuelve a la luna.
Parecía sencillo desde fuera. No lo era.
Intentar cantarlo fue darse cuenta de que, en las artes verdaderas, lo más profundo casi nunca grita. El maestro, al mostrar el ejemplo, hizo que todo cobrara sentido de golpe. La sala cambió. El tiempo cambió. Y lo único que salió de forma natural fue un aplauso grande, sincero.
Hubo otro momento especialmente bonito: los kakegoe, esas voces que acompañan y sostienen. En ellos apareció algo inesperado y cercano. Había una energía que recordaba al jaleo del flamenco. No porque fueran iguales, sino porque nacían del mismo lugar: ese impulso humano de empujar la expresión del otro, de sostenerla, de encenderla.
Después llegó el movimiento.
El abanico en la mano. La dirección de la mirada. El deslizamiento de los pies. El giro. La pausa.
Todo parecía mínimo, pero dentro de esa contención vivía una exigencia enorme. En flamenco, a veces el cuerpo estalla. En noh, el cuerpo contiene. Pero en ambos casos, la verdad se nota enseguida.
Uno de los momentos que más se quedó grabado fue cuando el maestro mostró una máscara usada en escena. Al verla de cerca, surgió una frase que se quedó resonando por dentro: la máscara del noh no es inexpresiva; cambia según el ángulo y según el corazón de quien la mira.
Qué verdad tan grande.
Hay objetos que no muestran una emoción fija. Lo que hacen es devolver lo que uno lleva dentro. Como un espejo silencioso.
Al final, el canto y la danza del maestro dejaron a todos en ese lugar donde ya no hace falta explicar nada. Solo mirar. Solo agradecer.
Días así recuerdan algo importante: aprender no es solamente adquirir técnica. A veces es dejar que otra forma de belleza entre en el cuerpo y lo despierte por dentro.
Y hoy, sin duda, algo por dentro se despertó.
Beni

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